martes, 13 de mayo de 2008

El destierro del poeta














Tú vienes de abrasados corredores,

de túneles mordidos por el odio,
por el salto sulfúrico del viento:
aquí tienes la paz que te destino,
agua y espacio de mi oceanía.

Pablo Neruda

Ya pasó más un siglo desde aquel mítico cruce de los Andes, en cuya arcana tierra las caballerías patriotas han dejado sus huellas indelebles. Aquí mismo fue, en la columna de un continente que ahora sorbe la agobiada sangre de su pueblo. Desde acá arriba, en lo alto, convertido en una estatua de sal por un dios que no me pertenece, me despido de mi tierra sobre mi desgastado caballo verde, el caballo en el que luché desde mi infancia. Miro el paisaje desde la altura y sólo veo unos campos desolados. Cómo hacer para que los versos que me broten de los ojos como perlas añorantes. Cómo hacerlo ahora sin mi patria ¿No apoyé acaso la campaña de Gabriel? ¿No habíamos paseado juntos por los mismos campos de amapolas? Ahora –parece mentira– nada de eso importa ya. Ahora el mundo está partido en dos, como mi corazón desangrado.

Acá está, delante de mí. Acá está mi historia, la historia de mi pueblo. Ahora voy a decirles a todos la verdad. Voy a escupirle a los traidores todo el hambre de mi pueblo, todo el fuego en que arde su inocencia, todo el vómito de cruces y de sables, insignias del monstruo de Castilla. No me refiero a Ustedes y lo saben. Rafael, Federico, Miguel, Gabriel, Antonio, Ustedes saben que la España que crearon estuvo y estará siempre en mi corazón. Yo hablo de la otra, de la España sangrienta y homicida, de la España de Colón y de Cortés y de Pizzaro y de Valdivia, de la España imperial que tiene ahora el rostro de Franco, de Gabriel González Videla, aliado de nuestros enemigos, del águila imperial que en el norte abre sus alas para comernos como a gusanos. Ustedes saben que hablo de los conquistadores antiguos y los nuevos y de los que son aún peores, las serpientes impuras nacidas en el seno mismo de la América latina. Contra ellos voy a erguir mi monumento, voy a alzarlo con cadáveres, con sangre, con gritos libertarios y ternura. Y nadie va a escapar de mi designio; no porque sea mío, sino porque es de todos. Voy a hacer nacer el fuego en cada verso, voy a despertar a los muertos que se han muerto injustamente, voy a regar con lágrimas el árbol, el árbol de los pueblos malheridos, el árbol de Lautaro y Cuauhtémoc, el árbol de Tupac y de Bolivar y no existirá un hacha capaz de talarlo, ni águila que pueda hacer que tiemble. Doy fe, estos pobres manuscritos no son nada, pero de aquí en más lo serán. Los Conquistadores de los que hace poco más de un siglo nos habíamos liberado, ahora han vuelto a levantar sus espadas y sus cruces contra el dolorido pueblo de Chile. Los traidores han vuelto. Pero vamos a sacarlos, vamos a volver a liberar la tierra, vamos a devolver al sagrado descanso el espíritu del árbol de la Ámerica.

Basta ya de llorar, hay que seguir el rumbo, por duro que sea. Ahora se han fortalecido mi caballo y mi hondo corazón. Ahora sé que aunque me vaya, voy a estar más que nunca en esta tierra, voy a hacerla latir en mis palabras, voy a hacer el Canto General de Nuestra América, y ya nadie podrá decir que ha visto todo, que no es cierto el lamento de mi pueblo.

Ahora no hay nada detrás de mí. Mi patria se ha achicando a mis espaldas hasta perderse en la neblina. El exilio será largo y nostalgioso, lo sé. Y luego morirá mi amigo Salvador, acaso mi hermano, y volverá a gotear la sangre por las alcantarillas putrefactas de Santiago. Mi amigo Salvador, descendiente de Lautaro, sellará con fuego nuestro sueño para que ya nadie pueda profanarlo. Y cuando vuelva al trono la serpiente, también yo habré muerto, habré muerto para siempre y nunca más. Pero eso no me importa ahora. Porque ahora estoy dispuesto a dejar mi huella en todas partes, la huella de mi verso como flecha, el canto de mi pueblo americano…

Pero hoy tu voz nos hace falta,
tu voz,
que es la voz misma de la tierra.

Tu voz, hermano, tu voz.

Que tu voz no se nos muera,
porque sin tu voz, hermano mío,
Nuestra América es amarga,
ahora que en tus cielos cristalinos
sobrevuela el águila sangrienta,
ahora que nos quedamos
ya sin sueños, ni comida, hermano.
Y nos robaron tu voz.

Las aguas se han calmado ahora,
pero el hambre todavía nos maltrata,
y todavía seguimos soñando.

Parece mentira que todavía sigamos soñando,
ahora que la aurora está marchita.

Ahora que los pueblos se aburren de la lucha
y entierran los espejos,
y la soledad se vuelve oscura,
no nos quites la guía de tu voz.

Ahora que las vacas se nos mueren,
ahora que la gente se cree libre
por chingar el ron con coca cola,
ahora que las tierras del Perú están devastadas,
ahora que humedecemos tu canto cada noche,
ahora que te necesitamos más que nunca,
no nos quites tu voz, hermano,
hermano Pablo,
hermano nuestro...
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