viernes, 19 de junio de 2009

Hagamos un trato




Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

Epicedio a un manifestante



era una manifestación cortita por una avenida larguísima
poca gente de pocos años gritando mucho
vos eras uno cualquiera cualquier pañuelo en alto
un cuello cualquiera
desabrochado para gritar mejor

la manifestación pudo llegar hasta cierta esquina
se produjeron varios disparos
se produjo tu muerte
ahora le llaman "se" a los aliancistas
cómo defenderse con un pañuelo de algodón
Corrientes y Esmeralda
esa cruz de asfalto

yo miraba detrás de un cristal
mejor dicho detrás de un cristal y una cortina
a mí me toca una ínfima parte de tu muerte
pero en materia de muerte la menor fracción equivale al todo
es decir te debo la vida
para no pagarte cometo esta felonía
intento sobornarte con este versito

jueves, 21 de mayo de 2009

El árbol



Aquí viene el árbol, el árbol
de la tormenta, el árbol del pueblo.
De la tierra suben sus héroes
como las hojas por la savia,
y el viento estrella los follajes
de muchedumbre rumorosa,
hasta que cae la semilla
del pan otra vez a la tierra.

Aquí viene el árbol, el árbol
nutrido por muertos desnudos,
muertos azotados y heridos,
muertos de rostros imposibles,
empalados sobre una lanza,
desmenuzados en la hoguera,
decapitados por el hacha,
descuartizados a caballo,
crucificados en la iglesia.

Aquí viene el árbol, el árbol
cuyas raíces están vivas,
sacó salitre del martirio,
sus raíces comieron sangre
y extrajo lágrimas del suelo:
las elevó por sus ramajes,
las repartió en su arquitectura.
Fueron flores invisibles,
a veces, flores enterradas,
otras veces iluminaron
sus pétalos, como planetas.

Y el hombre recogió en las ramas
las caracolas endurecidas,
las entregó de mano en mano
como magnolias o granadas
y de pronto, abrieron la tierra,
crecieron hasta las estrellas.

Éste es el árbol de los libres.
El árbol tierra, el árbol nube,
el árbol pan, el árbol flecha,
el árbol puño, el árbol fuego.
Lo ahoga el agua tormentosa
de nuestra época nocturna,
pero su mástil balancea
el ruedo de su poderío.

Otras veces, de nuevo caen
las ramas rotas por la cólera
y una ceniza amenazante
cubre su antigua majestad:
así pasó desde otros tiempos,
así salió de la agonía
hasta que una mano secreta,
unos brazos innumerables,
el pueblo, guardó los fragmentos,
escondió troncos invariables,
y sus labios eran las hojas
del inmenso árbol repartido,
diseminado en todas partes,
caminando con sus raíces.
Éste es el árbol, el árbol
del pueblo, de todos los pueblos
de la libertad, de la lucha.

Asómate a su cabellera:
toca sus rayos renovados:
hunde la mano en las usinas
donde su fruto palpitante
propaga su luz cada día.
Levanta esta tierra en tus manos,
participa de este esplendor,
toma tu pan y tu manzana,
tu corazón y tu caballo
y monta guardia en la frontera,
en el límite de sus hojas.

Defiende el fin de sus corolas,
comparte las noches hostiles,
vigila el ciclo de la aurora,
respira la altura estrellada,
sosteniendo el árbol, el árbol
que crece en medio de la tierra.

en Canto general

Contracanción I

Enmudecieron todas mis canciones, se hicieron polvo del camino, barro seco que deshacen y avientan los pies del pueblo... Envejecieron, se secaron aquí en mi corazón temblando como pájaros sin alimento, sentadas a la mesa como unas niñas bobas que no saben comer, y sin comida, sin agua y sin comida, sin pan ninguno... Enmudecieron mis canciones cercadas por el odio, ajadas en su propia lagrimazón seca y sin ganas, mecidas rudamente por su padre egoísta, mimadas con exceso por su madre didáctica, consentidas por treinta grabaciones almacenadas entre tangos por catorce guitarras contratadas... Enmudecieron mis canciones desconsoladas, se hicieron polvo del camino... barro seco... que deshacen y avientan los pies del pueblo.

Canto de nadie (o Flor de cartón)

Milonga, estabas temblando
en mi corazón;
acurrucadita como un niño
acostumbrado al dolor.

Carne de otras milongas, vos sos,
canto de nadie
y en el mismo aire
te crecen dos alas de consolación.

Llena de hondos silencios
memoria cruel del amor
sos mi flor de cartón,
rosa entregada con cada canción.

Milonga aquí en la guitarra
estrujándola
hay una mano blanca
que viola y arranca tu rosa y se va.

Fue tan fácil robarte esa flor*
que ni la mira
la huele y la tira
sus ansias suspiran por otra mejor.

Muñequita de alambre
tu emocionada canción
no es más que una ilusión
sangre sin hambre dolor sin dolor.

Gajito de enredadera
milonga fiel
ya no hay quien te quiera
no es de primavera tu flor de papel.

Carne de otras milongas, vos sos,
canto de nadie
y en el mismo aire
te crecen dos alas de consolación.

Llena de hondos silencios
memoria cruel del amor
sos mi flor de cartón,
rosa entregada con cada canción.

Contracanción II

Como mono trabajo y pienso, leo, escucho, medito, me cuesta respirar, agarro la guitarra, busco, encuentro, fumo como un animal. Éste es el valor de mi canción. Allí estoy yo subido al micrófono, me suda la camisa, tiemblo de miedo, canto, otros se angustian, aplauden, patean, se consuelan de tanto dolor que han sufrido, no comprenden que de verdad estamos mal heridos, pero comprenden el mío, y me consuelan, ahí me aplaudieron, dijeron qué bonito cómo toca la guitarra, o al revés, qué guitarristas bárbaros, cómo se ve que es un vivo, así cualquiera canta. Esa canción, aquélla, cómo pudo hacerla, cuánto tiempo llevó, quiénes me la indujeron, me la prestaron, me la regalaron, la estaban haciendo hasta que yo me avivé y reuní todos los pedazos, a alguien copió ese llanto, ese odio, aquel perdón, esta pena, esta manera de recordar tanta miseria, las uñas rotas, el desconcierto, la voz, el timbre y el color, mi identidad como mis orejas y las puntas de mis dedos, ¿cómo será la canción? Pensar que se divierte... Cántese una, sude, no importa cuánto cobre, a ver esa flor, a nosotros nos conviene, a nosotros nos consuela, a nosotros nos extraña, nos admira, nos duele, nos deja fríos ¿Cómo será la canción? Pensar que se divierte... Fabrica flores, después las vende, y hasta perfuman a veces.

Canción de la gallina

De qué humilde gallina perdida en qué corral será este huevo pálido que como, esta clara raquítica, esta yema amarillita apenas... Pobre de ti entre plumas, menesterosa y sucia, puro culo... Pobre de ti, ruidosa fabriquita de huevos, triste gallina flaca que haces estas gemas perfectas, quebradizas... Yo como en tu homenaje este huevito... Apúrate, pon otro huevo –arriesgas el cuello si vacilas–, gime, compónete, desova... bien. ¡Qué lindo huevo, tibio, cálido, salió entre tus huesitos!

Ahora gallina... apúrate, acomódate... pon otro huevo... pon otro huevo... otro más... muy bien. Ahora… pon otro huevo.

Contracanción III

Doña Soledad: quédese quieta en su madera, a vos patria no digas que eras nuestra, Barrio Sur... qué lejanos los días de la buhardilla, cuando enterrábamos coroneles con salvas de fogueo, bajo las ventanas de esas humildes pensiones de Yaguarón... Ya no me vendas la coyunda lírica, la milonga tiernita y sola hasta que fue aplaudida y envejeció de golpe... Ya no me cantes pájaros enjaulados o muertos, pericones de Roxlo, mariposas negras... No me vendas el lamento de los que no aman ni el aire burlón del retobao, que igual puede vivir, y además lo vende la compañía impreso en discos... No me digas qué quiere la canción, ni a dónde va el que se va, ya no volverá... No volverá milonga, guitarra negra, el que se fue... como me dice el tango viejo y fulero de verdad, pero melancólico y sólo nuestro, pero nuestro de veras: el tiempo que se fue, se fue para siempre, y lo mismo el loco Antonio que era comunista amó y murió, peleó rabiosamente con las corvinas de su río para vivir, para seguir peleando de overol, y murió y no vuelve, y no hay luna que le valga ni creciente que me demuestre que estaba amando al río como a una mujer... Qué pena, milonga, que no nos duela casi nada ahora, salvo la muerte del estudiante cuando se escapó aquel tiro ¿te acordás?... Qué pena que no nos dolían los nombres, el nombre de no se quién. Y ahora... ¿no te duelen de veras varios Fernández, varios fusilados, varios huesos partidos, los suicidios raros, el estudiante muerto de casualidad cuando se le escapó otro tiro al represivo?... No me toques el violín Becho, no bebas ese vino del negro milonguero, ni cantes con Manolo, la milonga madre nunca fue flamenca y el nene patudo no nació, lo mismo que está muerta para siempre la esperanza de amanecer entre lirios, hoy por hoy... El futuro está ahí nomás y sangra... nomás de entrada, está mal herido y putea, sangra y masca el freno como una gran bestia echada, pero inmortal... No hay con qué darle, ni con balas de cañón lo perforan para siempre... Como a tu canción, milonga, el hierro que lo vulnera pasa a través de su vida y se le clava en el hueso... Así entrará a la adolescencia: acorazado... Y no le canten milongas.

Guitarra Negra



I

Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra... Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía... Cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente, tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro, tus parientes cantores, tus tres almas, conversadoras como niñas... Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan... Cómo traspasarte mis hombres y mujeres blen queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos... Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre, sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte, de ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas...

Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa... Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco... Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma... Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía mis amigos, sus nombres, las noches de café Montevideo, las encomiendas por la Onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Aristides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables... Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos indices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión... Y no halló nada... No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre ni a mi madre, ni a Marx, ni a Aristides, ni a Lenin, ni al Principe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie. Ni a los muertos Fernández más recientes... A mi tampoco me encontró... Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida... Pasé frente al Nocturno y la vida había pintado unos carteles... Pregunté en una esquina por la hora, y en la bolsa del hombre que me dijo la hora iba la vida, junto con su almuerzo... Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas... Y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa, por todas las ventanas de todo el barrio, por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles, por todas las ventanas de los hospitales... La noche entrará, cabeceando, saltará para adentro, sombra a sombra a la luz del farol... Y se echará en el piso como un perro... Y aguardará hasta la madrugada... Hoy... Dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas, para siempre...

...Mi corazón está mejor sitiado que mi casa... Mi casa, más cercada que mi barrio... Mi barrio, cercado por mi pueblo... En mi barrio vive el Presidente, cercado por un muro casi derrumbado...

Temblando, con el frontal partido con el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res... Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento... Balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita... Ahi se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto y por qué duele qué parte de quien que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habian dolido y que eran tantas partes, tan extensas... Y que pastando nunca habia dolido... Haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva, que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros... Y nunca habían dolido... Ya está colgada... Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, Dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo... Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: "Uruguay for export"... Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico... Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho... Y cayó detrás, también, y el cemento tembló bajo esos huesos... Aquella otra res, que esquvó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, deshecha también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res, murió temblando de dolor y de miedo... De un marronazo en plena frente "for export" del Uruguay...

II

En la punta del agua..., una flor blanca, luminosa, de quince dólares, se hace chispa, se abulta, se diluye, chorrea entre otras flores más pequeñas, llora, se agita, la catapulta el chorro de agua y sube como bola en el aire... Está naciendo siempre, mientras el agua canta en esa fuente de la boite... Entre aplausitos, al compás de la orquesta, blanda flor blanca, acuosa, nostalgiosa en el aire... Subida en los aplausos como espitada, hendida, empitonada... Gime y llora en la noche, tira estrellas bailando bajo el humo, renace, llora por el chorro azul-blanco de la fuente como si fuera planta que la cría -y que no es-... y sin embargo, así seguirá abriéndose, muriendo, hinchándose y flotando, mientras dure la noche, su belleza infantil de ingenieria, su blando corazón bajo el foquillo fijo y lechoso... El gringo, el chorro de agua a precio, el aire de importación, esas hembras, el mozo, esos señores...

III

...Hace un buen rato ya que doy trabajo y vengo acostumbrándome al desuso de mi alma, a la razón del enemigo, a mis sesenta cigarrillos diarios, a las malas costumbres de mis canciones, que de algún modo siempre fueron nuestras, vos lo sabés, guitarra negra... Hoy reanudo en un cómico enderezo la hora de ayer parada en su nostalgia. Me hacen sufrir las alas que me puse para volar, más grito y se alzan, gimo y me acompañan, río y baten de a dos, como que están amandose y se odian, sin embargo mis dos alas se odian, se enderezan, se hacen amigas mías para llevarme por todas partes: allá está la canción, aquí la nada... Más allá el pueblo y más acá el amor... Pero el pueblo está también más acá... Y antes estaba allá también, detrás del pueblo el pueblo... Hemos viajado por todos mis caprichos y el pueblo hozando el piso, amándose con alas como las mías... Odiando su destino, odiándome y amándome sin alas, con millones de pies, con manos y cabezas y lenguas... Y sus mil bocas dicen: "Ahora, la suerte ya está echada..."

La mariposa viene hacia mi en la calle, en el aire húmedo, por el aire húmedo bailando, por el aire agobiante, ominoso, bailando en el aire caliente... Y yo vi que no era a mi a quien buscaba sino a la muerte... Y que no buscaba la muerte también vi, porque no era mariposa de la ciudad de hierro, ni nacida para eso... Sino que era mariposa nada mas, en la ciudad, presa y ya muerta de antemano, fatalmente... buscando en ese bailar loco y frágil un ala, un grano, una pizca de polen en el cemento... Porque la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida de muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida ya bebida... Eso no es tan triste... Tristre es ver su cadena de huevos en el hollín, depositados junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento... Su cadena de huevos de seda...

Hago falta... Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy... Siento que hay un sitio para mi en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera... Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado... Falta mi cara en la gráfica del pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo... Los ojos míos en la contemplación del mañana... Mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.

Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra, guitarra negra... Dice Enrique, mi hermano, que hay cierto perro hundido que se lame mansamente y nos lame, lamiéndose, una herida quieta allá al fondo, sentado en su escalón... Y dice más mi hermano el otro Enrique, en Praga: Dice que amarte con certeza, hacerte enteramente hembra, darte lo que de vida tengan mis urgencias será amar más y más a Jaime; amarlo, más de veras... Por su alma, su propio perro mordedor bajo el garrote, el cable, el puñetazo, la bolsa de arpillera, el plantón y el insulto... La olvidada mejilla que no ponen ni él ni nadie a golpear... Sino con hambre y Rita y José Luis, con Gerardo y Raúl y Rosa y Sara y Mauricio... Y por todos nuestros muertos... Y he sabido, guitarra, que este otro perro que criaste, ladrador, campesino, a veces manso o vigilante, que roe su propio hueso en la penumbra y gruñe... cual casi todo perro popular, vagará por tus anchas veredas, tus milongas sangrantes... hasta morir también... Tal vez un día... De soledad y rabia... De ternura... O de algún violento amor: de amor... sin duda.

Tomado de: "Zitarrosa. La memoria profunda", Raúl Forlán Lamarque y Jorge Migliónico, Ediciones La República, Montevideo - Uruguay, enero de 1994

miércoles, 20 de mayo de 2009

La Montonera



Con esas manos de quererte tanto
pintaba en las paredes 'Luche y Vuelve'
manchando de esperanzas y de cantos
las veredas de aquel sesenta y nueve...

Con esas manos de enjugar sudores,
con esas manos de parir ternura,
con esas manos, que volvieron
la fe en la nueva primavera,
bordaba la esperanza montonera.

Con esas manos que pintaban
la historia de celeste y blanco,
con esas manos de quererte tanto...

Cómo quiere usted que no ande de acá pa' allá
cargando la primavera,
cayéndose y volviéndose a levantar
la montonera.

Qué buen vasallo sería
si buen señor tuviera.

Y cómo quiere usted que no ande de acá pa' allá
luchando la primavera,
cayéndose y volviéndose a levantar
la montonera.

Qué buen vasallo sería
si buen señor tuviera.