miércoles, 20 de mayo de 2009

Palabras como cuerpos



Recuperar de nuevo
los nombres de las cosas,
llamarle pan al pan,
vino llamar al vino,
sobaco, al sobaco,
miserable al destino
y al que mata llamarle
de una vez asesino.

Nos lo robaron todo
las palabras, el sexo
los nombres entrañables
del amor y los cuerpos
la gloria de estar vivos
la crítica, la historia,
pero no consiguieron,
robarnos la memoria

Ellos tienen también
cuerpo bajo la ropa
piernas, uñas, sudor,
vientre, mocos, colmillos,
manos que no acarician,
dedos que no se tocan,
sólo saben firmar
y apretar el gatillo.

Nosotros que queríamos
vivir sencillamente
hermanos de la lluvia,
del mar, de los amigos,
pronunciar las palabras
que vencen a la muerte
buscar bajo tu falda,
alimento y abrigo.

Nosotros que queríamos
nombrar las amapolas,
decir viento amanece,
rabia, fuego, decir
que si tu quieres costa
mi lengua es una ola
nosotros que queríamos
simplemente vivir...

Nos vimos arrojados
a este combate oscuro
sin armas que oponer
al acoso enemigo
más que el dulce lenguaje
de los cuerpos desnudos
y saber que muy pronto
va a desbordarse el trigo.

En el disco Inventario

domingo, 17 de mayo de 2009

Eslóganes y graffiti del Mayo francés














► Prohibido prohibir.

► La imaginación al poder.

► Esto no es más que el principio, continuemos el combate

► El aburrimiento es contrarrevolucionario

► No le pongas parches, la estructura está podrida

► No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre supone el riesgo de morir de aburrimiento.

► Los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas.

► No vamos a reivindicar nada, no vamos a pedir nada. Tomaremos, ocuparemos.

► Plebiscito: Votemos a favor o en contra, nos hará idiotas.

► El patrón te necesita, tú no necesitas al patrón.

► Haz el favor de dejar al Partido Comunista tan limpio al salir de él como te gustaría encontarlo entrando en él.

► Soy un marxista de la tendencia de Groucho.

► Seamos realistas, hagamos lo imposible.

Están comprando tu felicidad. Róbala.

► Bajo los adoquines, la playa.

► En otros tiempos, sólo teníamos adormideras. Hoy, las calles.

► La Edad de Oro era la edad en que el oro no reinaba. El becerro de oro está siempre hecho de barro.

► La barricada cierra la calle, pero abre la vía.

► El caos soy yo

► En una sociedad que ha abolido toda aventura, la única aventura que resta es abolir la sociedad

► La humanidad no será feliz hasta el día que el último burócrata sea ahorcado con las tripas del último capitalista

► Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar

La poesía es un arma cargada de futuro



















Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

Capitalismo y barbarie (reflexiones sobre Roberto Arlt)


Cuando Sarmiento propuso, en el Facundo, su dicotomía “civilización o barbarie” construyó los dos paradigmas entre los que se constituirá el devenir latinoamericano. Por un lado, Europa, el liberalismo capitalista, la modernidad, la palabra escrita, la ciencia y la razón; por el otro, América, el trueque, la naturaleza, la oralidad, la pasión y la confianza.

Sarmiento triunfa en la barbarie. Escribe como un bárbaro americano y escribir es lo que mejor le sale. Sarmiento domina la pasión que nos despierta, nos convence, nos desgarra, nos indigna contra Rosas. Sin embargo, muy otro es el sentimiento que nos inspira su proyecto civilizador de la libre navegación de los ríos y de las pampas libres de bestias. Resulta extraño entender el concepto de Sarmiento para el cual nuestra nación sólo será libre si acepta ser colonia anglo-fracesa. Para Sarmiento el orden natural de América es la barbarie y el exterminio de indígenas y de gauchos al menor precio posible es la civilización, y el modo más barato era, para Sarmiento, enviar a los gauchos a la leva, para que se maten entre ellos y con los indios. Tras la lentitud de este proyecto los otros unitarios, siempre preocupados porque el tesoro nacional quede bajo la falda de Francia o Inglaterra y no a las manos de los bárbaros de América, pensó en traer a Rauch y su ejército prusiano. El nuevo plan de exterminio hubiese conmovido al mismo Hitler. Era sencillo y eficaz. A los soldados se les pagaba por cada par de testículos que traían.

Primero se les disparaba a los indios y cuando caían, ensangrentados y dolientes, les cortaban los testículos. De este modo los que no morían desangrados, al menos no podrían reproducirse. Todo, por supuesto, en nombre del progreso. El objetivo era claro, exterminar lo que de americana le quedaba a la Argentina para hacerla a imagen y semejanza de Europa. Para concretar este proyecto sólo les faltaba una cosa: europeos. Aquí comienzan la campañas propagandísticas de inmigración donde se le ofrecían trabajos rurales a los europeos que quisiesen venir a hacer la América en la Argentina. La inconmensurable genialidad de los unitarios no pudo, sin embargo prever, que los trabajos que les ofrecían a los europeos no existían aun y no existirían nunca. La consecuencia de esta pequeña imprevisión fue la creación de un gigantesco anillo de pobreza formado por millones de inmigrantes y gauchos al rededor de ciudad de Buenos Aires. Este es el contexto en el que surge, en los años '20, la figura de Roberto Arlt, el primer escritor capitalista que tuvo la Argentina.

Arlt no tenía institutrices inglesas, ni francesas, ni salteñas, ni nada. Apenas si sabía escribir y escribía mal. Artl escribía mal, porque no sabía y no quería escribir bien. Escribir bien era no escribir, no entender, no sentir, no vivir. Escribir bien era no ver la realidad de su época, era sepultarla bajo antiguas leyendas de olvidados cuchilleros e imposibles letrados. Escribir mal era burlar lo bueno, y lo bueno el progreso, el establishment, el lujo de las plutarquías ombliguistas era el silencio de los trabajadores fusilados en la Patagonia y en la Semana Trágica.

“Si hay extranjeros que abusando de la condescendencia social ultrajan el hogar de la patria, hay caballeros patriotas capaces de presentar su vida en holocausto contra la barbarie para salvar la civilización” decía Manuel Carlés, presidente vitalicio de la Liga Patriótica Argentina, en 1910 refiriéndose a los trabajadores inmigrantes que, según Sarmiento, iban a ser los forjadores de la civilización argentina. Si algo quedaba claro en las primeras décadas del S. XX era que todos hablaban de civilización y progreso, pero que nadie sabía bien qué cosa significaban estas palabras, excepto -quizás- Roberto Arlt.

Arlt nos invita a contemplar el confort y la cultura, el dinero y la seguridad, y nos lo muestra tal cual era para la gran mayoría de la población argentina, el sueño imposible y siempre al alcance de la mano de 'ser' alguien, de no ser un número, un cliente, un empleado, un inventor fracasado. La fortuna estaba a la vista de todos, pero detrás de una vidriera que sólo algunos podían atravesar.

Erdosain se imagina enamorando de una doncella que “será millonaria, pero yo diré Y todo es inútil, ¿sabe?, es inútil, porque estoy casado. Pero ella le ofrecerá una fortuna a Elsa para que se divorcie de mí, y luego nos casaremos, y en su yate nos iremos a Brasil”. El capitalismo como tierra de la fantasía, el lugar donde uno tiene todas las libertades salvo la de ejercer dichas libertades, el mundo que nos prometa que no hay cerradura que el dinero no pueda abrir. Pero para un trabajador cuyo mañana es la continuación del hoy y el hoy es la continuidad de una pobreza que nació con él, sólo se puede alcanzar el tótem sagrado del capitalismo mediante el crimen.

El dinero, el que desmasifica al hombre y lo convierte en sujeto, el escape de la clase proletaria, el ingreso al reino de la burguesía, condición sine qua non para poder 'ser'. Este tótem que pone al pobre contra el pobre, al oprimido contra sus semejantes, es el arma más eficiente del capitalismo, de la civilizada barbarie.

A Roberto Arlt no le interesó nunca explicar este mecanismo, porque eso hubiese sido caer en en un realismo socialista, como el de sus hermanos de Boedo. Su narrativa es mucho más efectiva y descarnada. Roberto Arlt no analiza ni explica qué cosa es el capitalismo, sino que pone sobre la mesa, como un cross a la mandíbula, su verdadera esencia y sus cruentas consecuencias sociales: la marginación, la alienación, la competencia, la explotación, la violencia, el individualismo, la plutarquía.

Mientras exista el capitalismo, la literatura desgarrada de Roberto Arlt será el único realismo realismo posible o, al menos, el único realismo honesto. Quién pretenda ser realista sin comprender cabalmente la sociedad en la que vive, será un escritor de fantasías, una espada decorosa sin mango ni filo. Mientras exista el capitalismo, Roberto Arlt seguirá siendo verdadero y actual, porque la miseria seguirá siendo la verdad y seguirá corriendo el tiempo hacia ningún lado.

domingo, 10 de mayo de 2009

El pueblo



De aquel hombre me acuerdo y no han pasado
sino dos siglos desde que lo vi,
no anduvo ni a caballo ni en carroza:
a puro pie
deshizo
las distancias
y no llevaba espada ni armadura,
sino redes al hombro,
hacha o martillo o pala,
nunca apaleó a ninguno de su especie:
su hazaña fue contra el agua o la tierra,
contra el trigo para que hubiera pan,
contra el árbol gigante para que diera leña,
contra los muros para abrir las puertas,
contra la arena construyendo muros
y contra el mar para hacerlo parir.

Lo conocí y aún no se me borra.

Cayeron en pedazos las carrozas,
la guerra destruyó puertas y muros,
la ciudad fue un puñado de cenizas,
se hicieron polvo todos los vestidos,
y él para mí subsiste,
sobrevive en la arena,
cuando antes parecía
todo imborrable menos él.

En el ir y venir de las familias
a veces fue mi padre o mi pariente
o apenas si era él o si no era
tal vez aquel que no volvió a su casa
porque el agua o la tierra lo tragaron
o lo mató una máquina o un árbol
o fue aquel enlutado carpintero
que iba detrás del ataúd, sin lágrimas,
alguien en fin que no tenía nombre,
que se llamaba metal o madera,
y a quien miraron otros desde arriba
sin ver la hormiga
sino el hormiguero
y que cuando sus pies no se movían,
porque el pobre cansado había muerto,
no vieron nunca que no lo veían:
había ya otros pies en donde estuvo.

Los otros pies eran él mismo,
también las otras manos,
el hombre sucedía:
cuando ya parecía transcurrido
era el mismo de nuevo,
allí estaba otra vez cavando tierra,
cortando tela, pero sin camisa,
allí estaba y no estaba, como entonces,
se había ido y estaba de nuevo,
y como nunca tuvo cementerio,
ni tumba, ni su nombre fue grabado
sobre la piedra que cortó sudando,
nunca sabía nadie que llegaba
y nadie supo cuando se moría,
así es que sólo cuando el pobre pudo
resucitó otra vez sin ser notado.

Era el hombre sin duda, sin herencia,
sin vaca, sin bandera,
y no se distinguía entre los otros,
los otros que eran él,
desde arriba era gris como el subsuelo,
como el cuero era pardo,
era amarillo cosechando trigo,
era negro debajo de la mina,
era color de piedra en el castillo,
en el barco pesquero era color de atún
y color de caballo en la pradera:
cómo podía nadie distinguirlo
si era el inseparable, el elemento,
tierra, carbón o mar vestido de hombre?

Donde vivió crecía
cuanto el hombre tocaba:
la piedra hostil
quebrada
por sus manos,
se convertía en orden
y una a una formaron
la recta claridad del edificio,
hizo el pan con sus manos,
movilizó los trenes,
se poblaron de pueblos las distancias,
otros hombres crecieron,
llegaron las abejas,
y porque el hombre crea y multiplica
la primavera caminó al mercado
entre panaderías y palomas.

El padre de los panes fue olvidado,
él que cortó y anduvo, machacando
y abriendo surcos, acarreando arena,
cuando todo existió ya no existía,
él daba su existencia, eso era todo.
Salió a otra parte a trabajar, y luego
se fue a morir rodando
como piedra del río:
aguas abajo lo llevó la muerte.

Yo, que lo conocí, lo vi bajando
hasta no ser sino lo que dejaba:
calles que apenas pudo conocer,
casas que nunca y nunca habitaría.

Y vuelvo a verlo, y cada día espero.

Lo veo en su ataúd y resurrecto .

Lo distingo entre todos
los que son sus iguales
y me parece que no puede ser,
que así no vamos a ninguna parte,
que suceder así no tiene gloria.
Yo creo que en el trono debe estar
este hombre, bien calzado y coronado.

Creo que los que hicieron tantas cosas
deben ser dueños de todas las cosas.

Y los que hacen el pan deben comer!

Y deben tener luz los de la mina!

Basta ya de encadenados grises!

Basta de pálidos desaparecidos!

Ni un hombre más que pase sin que reine.

Ni una sola mujer sin su diadema.

Para todas las manos guantes de oro.

Frutas del sol a todos lo oscuros!

Yo conocí a aquel hombre y cuando pude,
cuando ya tuve ojos en la cara,
cuando ya tuve la voz en la boca
lo busqué entre las tumbas, y le dije
apretándole un brazo que aún no era polvo:

"Todos se irán, tú quedarás viviente.
Tú encendiste la vida
Tú hiciste lo que es tuyo".

Por eso nadie se moleste cuando
parece que estoy solo y no estoy solo,
no estoy con nadie y hablo para todos:

Alguien me está escuchando y no lo saben
pero aquellos que canto y que lo saben
siguen naciendo y llenarán el mundo.

Nuestra América


Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.

No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete legua! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.

A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¿Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos «increíbles» del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!

Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se administra en acuerdos con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver.Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.

Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que habían izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota y potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.

Con los oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen-, por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.

Pero «estos países se salvarán», como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide «a que le hagan emperador al rubio». Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.

Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre la olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se echa por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.

De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encara y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

Publicado en:

La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891.
El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1981.


lunes, 30 de marzo de 2009

Carta del General Valle al General Aramburu antes de ser fusilado



El fusilamiento del General Valle se hizo en cumplimiento del decreto firmado por Pedro Eugenio Aramburu, al mando de la Nación después de que un grupo de militares bombardeara la plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, donde murieron más de un centenar de civiles. Ahí se empieza a contar una negra historia. En sus oscuros escritos se cuentan 27 muertes producidas entre el 9 y 12 de junio de 1956.


Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado.

Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta. Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes, escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio al pueblo. De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos.

Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus victimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones.

La palabra "monstruos" brota incontenida de cada argentino a cada paso que da.

Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las Instituciones y templos y personas. En las guarniciones tomadas no sacrificamos un solo hombre de ustedes. Y hubiéramos procedido con todo rigor contra quien atentara contra la vida de Rojas, de Bengoa, de quien fuera. Porque no tenemos alma de verdugos. Sólo buscábamos la justicia y la libertad del 95% de los argentinos, amordazados, sin prensa, sin partido político, sin garantías constitucionales, sin derecho obrero, sin nada. No defendemos la causa de ningún hombre ni de ningún partido.

Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto, y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror. Pero inútilmente. Por este método sólo han logrado hacerse aborrecer aquí y en el extranjero. Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes.

Como cristiano me presento ante Dios que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino, derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conocerá un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable. Así nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias es sangre. Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos. Viva la patria."

Juan José Valle. Buenos Aires, 12 de junio de 1956.

Fuente: Documentos de la Resistencia Peronista 1955-1970. Recopilación y prólogo: Roberto Baschetti. Puntosur Editores.

jueves, 19 de febrero de 2009

Operación masacre: Rodolfo Walsh, entre Daniel Hernández y el Profesor Neurus



Escribí este libro para que fuese publicado, para que actuara, no para que se incorporase al vasto número de ensoñaciones de ideólogos. Investigué y relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en forma más amplia, para que inspiren espanto, para que no puedan jamás volver a repetirse.

Rodolfo Walsh


Más allá del enfoque teórico que prefiramos hacer de Operación masacre, debemos anteponer, por respeto al autor y hasta por ética, las funciones concretas con que Walsh fue presentado este informe negro a lo largo de los años: la acción. Desde esta perspectiva (que se puede sostener desde el epígrafe en donde el que el verbo ‘actuara’ fue destacado en su versión original) parece pertinente recurrir a la Teoría de los Actos de Habla de Austin, más tarde reformulada por Serle.

Entonces, ¿qué es realizar un acto de habla? Modificar las ideas y, en consecuencia, la conducta de un otro mediante la emisión de sonidos que refieran a cosas y que prediquen acciones de ellas con una intención particular. ¿Dónde está el acto de emisión? En la publicación del texto. ¿A qué se refiere y qué predica? Los fusilamientos clandestinos en el basural de José León Suarez ¿Cuál es la intensión? Inspirar espanto y así evitar que estos hechos se repitan. Pero a esto volveremos más tarde.

Revisemos los años anteriores a la investigación que tendrá como resultado Operación Masacre. Rodolfo Walsh, hijo de irlandeses, cultivado en la lectura por su madre y luego traductor del inglés al castellano, trabajó como lavacopas, limpiavidrios y comerciante de antigüedades. Rodolfo era, por entonces, periodista, escritor de literatura policial y ajedrecista aficionado:

Su primer producción literaria se plasma en un volumen de relatos policiales, que obtiene el Premio Municipal de Literatura: Variaciones en Rojo; un homenaje al detective Holmes, su creador Doyle y la primera novela de éste: Estudio en escarlata. Se trata de tres nouvelles donde el protagonista, Daniel Hernández, es un detective aficionado, suerte de alter ego de Walsh con quien comparten el oficio de corrector de pruebas. Hernández es amigo del comisario Jiménez, a quien acompaña en los casos que se le plantea, resolviendo con ingenio los enigmas de cada uno de los crímenes. Esta pasión de Walsh por armar historias como si fueran partidas de ajedrez la abandonará cuando compruebe que la realidad misma es un juego mucho más amplio, complejo y peligroso, y se transforme él mismo en el investigador que debe develar misterios de odios, rencores y muertes. (Domínguez, I).

Por cierto, era apolítico, aunque pro-golpista y aniti-peronista, por lo menos, en el momento previo a Operación Masacre. Walsh dice en la “Introducción” de la primera edición (marzo de 1957):

Como periodista, no me interesa demasiado la política. Para mí fue una elección forzosa, aunque no me arrepiento de ella. (p. 148-149).

Recordemos que al momento de las investigaciones del ‘caso Livraga’ Walsh era un liberal que apoyaba a la derecha:

Al finalizar su adolescencia había tenido cierta simpatía con el peronismo, a través de la Alianza Libertadora Nacionalista, de donde le venía su amistad con el cura Castellani. Pero, como muchos pensadores de su tiempo, se transformó en un intelectual antiperonista, sin por ello enfrentar abiertamente el régimen, manteniendo su tendencia por el nacionalismo. (Domínguez, I).

Al comenzar el “Prólogo” de Operación masacre Walsh parece un personaje salido de un policial de enigma: un hombre que gusta del ajedrez y del arte, y que se distingue por su pura racionalidad. Y fue justamente así que mientras jugaba al ajedrez en un café de La Plata sucedió un hecho que le cambiaría la vida: alguien le habló de ‘un fusilado que vive’. Allí encontró la gran ocasión de convertirse en Daniel Hernández, el Sherlock Holmes que su pluma supo dibujar en sus primeros cuentos. Esa era, como decíamos, la gran ocasión de ser un detective de enigma capaz esclarecer racionalmente un misterioso caso y de narrarlo en una especie de ‘novela por entregas’, tal como un oficial de las fuerzas armadas clasificó el relato que Walsh le hizo más tarde de los hechos que Operación masacre narrará. Con ese fin comenzó una investigación periodística obsesiva, buscó testimonios, ubicó al ‘fusilado vivo’ y, luego, al resto de los sobrevivientes de los que él llamaría la ‘Operación masacre’.

Si bien Walsh en el comienzo se presenta como un detective de enigma, cuando entrevista a Livraga se produce en su interior una suerte de transformación extraña que lo hace devenir en un investigador de policial negro que comienza a imbuirse en las relaciones sociales, en el peligro, sirviéndose de su experiencia como su única guía. Así pasa del pulcro terreno de la lógica a la oscura realidad social que vivía en ese entonces el pueblo argentino. Según Viñas, Walsh va del ajedrez a la guerra, y en ese trayecto, el policial inglés se transforma en un híbrido policial negro que se escapa de sus propias páginas.

Las sucesivas investigaciones le fueron revelaron que no hubo en realidad fusilamientos en el basural de José León Suarez, sino el asesinato gratuito de cinco personas, un verdadero crimen de Estado. Y es esto lo que determina su apertura definitiva de la Revolución Libertadora. Dice en 1957:

Suspicacias que preveo me obligan a aclarar que no soy peronista, no lo he sido ni tengo la intención de serlo (…). Tampoco soy ya partidario de la revolución que –como tantos– creí libertadora. (p. 149).

Vemos aquí un primer cambio: el anti-peronismo se convirtió en no-peronismo y el pro-golpista se convirtió en no-pro-golpista.

A Rodolfo Walsh le había complacido que en el ’55 haya triunfado el golpe de Estado contra el presidente constitucional Juan Domingo Perón liderado por Lonardi y Rojas, ya que esto suponía que la autodenominada Revolución Libertadora dejaría lo bueno que hizo Perón y pondría fin a lo malo. Sin embargo, la blanda postura de Lonardi contra el peronismo llevó a que la oligarquía y otros sectores reaccionarios lo forzara a renunciar el año mismo del golpe militar. Fue entonces que Aramburu asumió el poder de facto. Con él la situación social sufrió un terrible retroceso, los representantes gremiales fueron encarcelados, asesinados o tuvieron que exiliarse, los sindicatos estaban intervenidos por los militares, la industria nacional devastada, los símbolos peronistas estaban prohibidos y el Partido Justicialista había comenzado a sufrir una proscripción que duraría dieciocho años. Aramburu, en nombre de la libertad, destrozó lo mejor del peronismo y empeoró lo peor, y así lo demuestra el descontento generalizado de la clase obrera y lo confirman los fusilamientos clandestinos en los que Walsh se sumergió por largo tiempo. La ‘novela por entregas’, aun en proceso, ya se estaba convirtiendo en una aguda denuncia social.

Los militares habían demostrado que no eran mejores que Perón y Rodolfo Walsh comenzó a entenderlo durante la entrevista que le realizó al Doctor Jorge Doglia. Éste había sido testigo de los ‘métodos’ policiales utilizados por la ‘Revolución Libertadora’, ‘métodos’ pavorosos cuyos blancos excedían los límites del peronismo. Según su testimonio los presos sin familia eran literalmente asesinados a golpe de azote, de alambre o de cachiporras por la policía bonaerense sin causas que superasen el robo menor. En otros casos, las detenciones no tenían más motivos que la indigencia de los detenidos que sufrían igual suerte que los carteristas (p. 153). Walsh dice, también en la “Introducción” de la primera edición (marzo de 1957):

Reitero que esta obra no persigue un objetivo político ni mucho menos pretende avivar odios completamente estériles. Persigue –una entre muchas– un objetivo social: el aniquilamiento a corto o largo plazo de los asesinos impunes, de los torturadores, de los ‘técnicos’ de la picana que permanecen a pesar de los cambios de gobierno, del hampa armada y uniformada. (p. 149-150).

Lo que Operación masacre no deja en claro es si realmente los protagonistas se habían reunido el 9 de Junio de ’56 en el departamento de Juan Carlos Torres con el fin de escuchar por la radio la pelea de boxeo de Lausse o si eso era sólo una pantalla y se habían reunido para escuchar, por Radio Nacional, noticias sobre el levantamiento militar peronista a cargo del General Valle y, en el caso de que tuviera éxito, marchar a Plaza de Mayo para pedir por la vuelta de Perón. Lo que el texto, sin dudas, deja claro es que los fusilamientos en el basural fueron un crimen contra la sociedad argentina:

Walsh, como Arlt, no sublimiza a la gente de pueblo. Para Walsh es como es y en tres líneas la retrata al hablarnos de un vecino, don Pedro: ‘Sus ideas son enteramente comunes, las ideas de la gente del pueblo; por lo general acertadas con respecto a las cosas concretas y tangibles, nebulosas o arbitrarias en otros terrenos’. Walsh no se hace ilusiones, los toma como son, pero no por eso hay que fusilarlos ni picanearlos. (Bayer).

En el “Epílogo” de la segunda edición (1964) Walsh deja claro que a esa altura el problema no puede ser entendido como un emergente social, sino como el resultado de un premeditado sistema político de represión violenta. Después de todo, el juicio iniciado de Livraga contra el Estado era, ante todo, un juicio justo:

(...) y ésta es otra de las fases de la monstruosidad jurídica convalidada por el fallo de la Corte y por el ‘juicio’ militar, que son piedras de un mismo camino porque en 1957 no hacía falta ser un genio para saber que el teniente coronel González no iba a encontrar culpable al teniente coronel Fernández Suárez.

Ésa, pues, es la mancha imborrable, que salpica por igual a un gobierno, a una justicia y a un ejército:

Que los detenidos de Florida fueron penados, y con la muerte, y sin juicio, y arrancándolos a los jueces designados por la ley antes del hecho de la causa, y en virtud de una ley posterior al hecho de la causa, y hasta sin hecho y sin causa.

No habrá ya malabarismos capaces de borrar la terrible evidencia de que el gobierno de la revolución libertadora aplicó retroactivamente, a hombres detenidos el 9 de junio, una ley marcial promulgada el 10 de junio. Y eso no es fusilamiento. Es un asesinato. (p. 131).

Nuestro investigador reincidió en su tentativa de hacer juzgar el crimen durante el gobierno constitucional de Arturo Frondizi, pero tampoco fue oído:

Aramburu ascendió a Fernández Suárez; no rehabilitó a sus víctimas. Frondizi tuvo en sus manos un ejemplar dedicado de este libro: ascendió a Aramburu. Creo que después ya no me interesó. En 1957 dije con grandilocuencia: ‘Este caso está en pie, y seguirá en pie todo el tiempo que sea necesario, meses o años’. De esa frase culpable pido retractarme. Este caso ya no está en pie, es apenas un fragmento de historia, este caso está muerto. (p. 172).

Walsh sufrió la desconsideración de sus colegas, la prensa también le había dado la espalda. Los diarios habían escrito, tras el juicio, al dictado de Fernández Suarez (p. 154). La resolución del caso, entendía Walsh, es imposible a través de las vías legales y la denuncia social comenzó entonces a convertirse entonces en una lucha política.

Concentrémonos ahora en el aspecto textual. Domínguez en su valioso ensayo El caso Rodolfo Walsh: un clandestino señala que:

En realidad la presencia de Fernández Suárez se diluye aquella noche, se llega a sospechar que ‘usa’ el fusilamiento de los detenidos como para ‘blanquear’ su situación, que habría sido ambigua durante los primeros intentos revolucionarios. Próximo a Campo de Mayo, habría decidido arrestar a unos civiles y ‘guardarlos’ hasta ver lo que ocurría con el movimiento rebelde.

Esta sospecha, que presenta a los protagonistas como ‘pobres diablos’ ingenuos ante la sublevación de Valle, queda desmentida por otro dato que nos aporta el autor en el siguiente apartado:

[El juez Belisario Hueyo] Aunque no lo hace explícito, en el ’58 conocerá a otro personajes, el general Cuaranta, quien habría dado la orden de los fusilamientos al jefe de la policía Bonaerense.

Según esto, Fernández Suarez obedecería órdenes ‘de arriba’ por lo que quedaría exento de la responsabilidad de la sentencia, aunque, claro, bien podría haber ‘guardado’ a los futuros fusilados y, llegado el caso, haberle solicitado la orden al General Cuaranta. Aunque no podemos descartar por completo esta hipótesis, resulta demasiado inverosímil que dentro del verticalismo militar un subordinado ‘le de la orden’ a un superior de que éste le dé a su vez la orden de fusilar a unos ‘pobres diablos’, sin ninguna causa a un Comisario Inspector:

2.45. Rodríguez Moreno tiene un mal pálpito. ¿Porqué a él, justamente a él, tenían que caerle estos pobres diablos? Y sin embargo, hay como una misteriosa justificación, una fidelidad del destino en la misión que le va a tocar. (p. 60).

La sospecha de la ambigüedad política de Fernández Suarez parece, bajo la luz de estos datos, bastante difícil de fundamentar. En cualquier caso, ¿creía realmente el Estado de facto que los detenidos tenían alguna vinculación con la sublevación de Valle? ¿Los secuestraron y fusilaron para infundir el terror en el pueblo peronista? ¿Tenían los detenidos alguna vinculación con la sublevación de Valle? Walsh se cansó de decir en las dos primeras ediciones que a lo sumo alguno de los detenidos tenían una vaga idea. Las pruebas testimoniales de Operación masacre, sin embargo, no parecen sostener precisamente eso. Recordemos que de las 14 personas registradas que pasaron por el departamento de Florida que 8 eran peronistas revolucionarios seguros (Carranza, Garibotti, Rodríguez, Torres, Gavino, Lizaso, Troxler y ‘Marcelo’) y 1 (Di Chiano) era simpatizante; el resto eran apolíticos aunque amigos de peronistas: a Livraga lo llevó el ‘Gordo’ Rodríguez y a Giunta, lo invitó Di Chiano, a los otro dos (Brión y Benavidez) no queda claro quien los invitó. Pero, apunta Walsh, en el departamento de Torres siempre eran bienvenidos los amigos y los amigos de los amigos. Walsh, confirma esta hipótesis al presentar a Gavino con este monólogo interior directo:

“Ya no hay nada esta noche”, repite Norberto Gavino para sus adentros. Hace rato que la radio tendría que haber dado la noticia. Por un momento piensa que “Marcelo” tiene razón. Pero después se olvida. Si no hay nada, tampoco hay peligro para nadie. Muchos han venido simplemente de visita, gente a quien él ni conoce, sería ridículo decirles: “Váyanse, estoy por hacer una revolución".

Si podemos considerar a Operación masacre como una no fiction, es decir una narración novelada de hechos verídicos, es por el trabajo de selección que el autor hace de los datos presentados y sobre todo, el modo en que lo hace (qué prioriza, qué relega, cómo llena los vacíos, qué intención tiene el texto).

En un primer momento, Walsh quiere escribir una novela por entregas basada en hechos reales (como Juan Moreira de Gutiérrez, pongamos por caso), luego se decide por realizar una investigación periodística. Al terminar la primera edición (1957), Walsh manifiesta que ha narrado hechos con el fin de agitar las consciencias para que esos hechos no se repitan. El problema en ese momento, dijimos, era la corrupción del Estado que, en casos aislados, privó a algunos de sus ciudadanos de sus garantías individuales, por lo que el texto funciona como una denuncia social.

En 1964, Walsh renuncia a la posibilidad de hacer justicia mediante instituciones estatales intervenidas (‘este caso está muerto’ había escrito con una profunda resignación).

En 1969, la situación política ya era otra; aquí el texto adquiere su interés definitivo: mostrar cómo los gobiernos sostenidos por las plutarquías de terratenientes oligarcas convierten a los movimientos sociales en la carne masacrada del pueblo argentino y cómo violan cualquier tipo de libertad individual que pueda proyectarse hacia una auténtica libertad nacional, una libertad hecha por el pueblo y para el pueblo. No en vano "Retrato de la oligarquía dominante" cierra el epílogo de esta tercera edición.

La edición de 1972 es la definitiva, pues incluye el último apartado de la "Tercera parte" de Operación masacre, "Aramburu y el juicio histórico", el apéndice “Operación” en cine. Así entendemos que el foco de la denuncia se desplaza de Livraga, el ‘pobre diablo’ fusilado gratuitamente, a los muertos presentados en el film de Jorge Cedrón Operación masacre como los peronistas revolucionarios caídos en su lucha por una patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana. Esta será la lucha que determinará los surgimientos de las organizaciones del peronismo revolucionario como las FAP (en donde Walsh iniciaría su militancia peronista), las FAR, Descamisados, Montoneros (que terminaría absorbiendo a las demás organizaciones). El ‘caso muerto’ tuvo finalmente una resolución: el juicio histórico a Aramburu. El pueblo argentino fue fiscal de este juicio y los montoneros fueron quienes aplicaron la sentencia.

La película Operación masacre fue filmada en la clandestinidad entre 1971 y 1972, y fue proyectada también clandestinamente ante, aproximadamente, un millón de personas en muchas villas de emergencia y barrios humildes. Con la vuelta del peronismo al poder con presidente Héctor Cámpora, el film abandonaría la clandestinidad y sería presentado en los cines de toda la Argentina. La película debe ser leída, por muchos motivos, como otra edición del libro paralela a la edición de 1972 ya que a un guión escrito por el mismo Walsh y por Jorge Cedrón se le sumaban los relatos y la actuación de Jorge Troxler, uno de los sobrevivientes a la masacre de José León Suarez. El film, que complementa el libro en su punto más pobre, el político, no nos permite la más mínima duda respecto del compromiso de casi todos los ‘fusilados’ con la causa de Valle y la revolución peronista.

Ahora sí, volvamos a los Actos de Habla. Como dijimos, hablar es hacer explícita una intención. Esa explicitud modifica, de hecho, la realidad. Recordemos que una frase ‘desafortunada’ de Marie Antoinette (“si el pueblo no tiene pan, que coma pasteles”) desató la revolución que daría pie al comienzo de la modernidad en 1789. Cuando Walsh realizó el acto de habla a que llamó Operación masacre aportó una pieza fundamenta para que empiece a fermentar la revolución peronista iniciada por los movimientos revolucionarios y concluida parcialmente con el asenso de Cámpora al poder. Pero como todo emisor es receptor de su propio discurso, Operación masacre también transformó a su autor, haciéndolo, primero, partícipe del gobierno revolucionario de Cuba, donde como criptógrafo, descifró, con una anticipación de seis meses, mensajes en los que se planeaba una invasión de ‘gusanos’ a Bahía de los cochinos, hecho que, quizás, haya salvado a la isla de una invasión contrarrevolucionaria preparada por la CIA. Y después de la fusión de las OAP (organizaciones armadas peronistas) participó en le inteligencia de Montoneros para preparar atentados y llegó también a saber, seis meses antes, que el 14 de marzo de 1976 los comandantes en jefe de las tres armas derrocarían al la presidente Isabel Martínez de Perón.

A modo de conclusión, podemos decir que Operación masacre puede ser el texto literario (es decir un tejido de signos que buscan producir un valor estético) que ‘le ganó de mano’ a A sangre fría de Truman Capote en la creación del género no fiction o que mejor recupera el estilo argumentativo del Facundo de Sarmiento, pero creemos que es ante, todo el resultado de una investigación periodística que cambiaría, primero, la vida del autor y, luego, la historia argentina del S. XX.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La filosofía peroninja para pequeños saltamontoneros



I

Estando una vez Arbuto
con el magnánimo Josute,
cruzando los pies de ambos
las aguas del Nilo,
le dijo a Josute con severa paciencia:
“Del mismo modo Josute,
dador de vida,
peroncho arcano,
que cada pancho busca su mostaza
y el temprano clavel se viste de rocío
o será el hombre lo que deba ser
o no será peronista”.

II

Así habló Arbuto
y Josute mirolo pensativo.

III

Cuántas arduas tardes pasó Arbuto
esperando de Josute una respuesta.

IV

El tiempo retarda su paso
y aún no llega
el día en que las hojas secas
dibujan remolinos en el parque.

V

La luna ya había marcado
En el oscuro cielo
Cinco círculos de plata cristalina.

VI

Josute y Arbuto se encontraron nuevamente.

VII

Jugando al waterpolo en Villa Evita
abrazalo Josute con la diestra a Arbuto
y con la otra indicando la pileta
le dijo Josute a su dicípulo:

VIII

“El mundo, astuto Arbuto,
como esta piscina en dos se ha dividido:
por un lado están los peronistas,
por otro los recontra peronistas,
y, mirando desde afuera,
los que no saben
que lo son”.

IX

Vueltos ambos
cada cual a su cucha,
como dos karatekas peleando con la almohada
Josute y Arbuto piensan en Evita.

X

Quizás algo en el aire les dice
que están sintiendo lo mismo
o quizás el aire mismo piensa
que después de todo lo pasado
y después de todo lo que nos pisaron
la vida sólo sea
un mal sueño necesario
para que hayan podido existir,
para que aún puedan existir,
personas como Evita.

XI

Un nombre puede ser una bandera.
Evita sonríe.

viernes, 12 de septiembre de 2008

La vaca desatada



Cuando Arbuto conoció a Guille, un dramaturgo, actor y director oriundo de la blanca bahía, mucho se dijo con él respecto del teatro. Y así fue que, entre tinta y tinto, Donato le cedió a Arbuto una de sus obras para que el Shakespeare loberense (es decir, Arbuto) la versifique. Se trató de su prestigioso unipersonal "La vaca desatada", la cual, puesto que Arbuto cumple y Guille dignifica, quedó de diez. La misma se presentará el 20 de Septiembre a las 22:00 hs. en "La panadería" (Mar del Plata, calle Alberti 4842, entre Don Bosco y Francia). Están todos invitados!!!!!